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GRAN TRIUNFO DE ALEJANDRO TALAVANTE EN ZARAGOZA

Tras una fuerte petición de la segunda oreja dio dos rotundas vueltas al ruedo.

Crónica de Barquerito Y salió el quinto, bizco, más de 600 kilos &ndash,y no los disimulaba-, y lo hizo con alegría. Iba a llegar con él la faena de la feria. Con la firma singular del Talavante desatado, desmelenado, ideas en cascada, temple severo, dominio incontestable del toro y de la escena. Una fluidez y una soltura extraordinariamente llamativas. Desde el inicio de faena en los medios con una temeraria arrucina hasta la tanda previa a la igualada, trincherillas cosidas con largos naturales de mano baja. Una faena de fondo y antojos: abrir tanda con un farol del repertorio mexicano, por ejemplo, ligar un inesperado molinete con el pase del desdén, enroscarse tanto toro en la cintura pero improvisando un cambio de mano casi imposible. En la distancia que quiso un toro de perfecto cilindraje, pero la distancia que eligió Talavante con sobresaliente intuición de torero más que maduro, en feliz sazón, dejado aparentemente en manos de la inspiración o de las musas, entregado con una seguridad casi aplastante, talonado, ligeramente abierto el compás, bellísimo el trazo de los muletazos. Fue una faena formidable. No por su locura, sino por su cordura precisamente. La gente bramó sin pausa, porque el ritmo no daba tregua ni para eso. Se entregó con la espada Alejandro, pero sin jugar la mano del engaño. Salió encunado, atropellado y casi prendido del pitón, la espada entró tendidísima, un descabello. Se armó una de las gordas cuando el palco, juzgando la calidad de la estocada, negó a Talavante la segunda oreja. La única de recompensa le parecería demasiado pobre a Talavante, que no hizo ni por recogerla y dejó al alguacil plantado. Dos vueltas al ruedo muy clamorosas.Foto Arjona

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